ORACIÓN VOCACIONAL

ORACIÓN

MARÍA, MADRE DEL SÍ

 

 

      
  ESPÍRITU SANTO, VEN, VEN.
   

ESPÍRITU SANTO, VEN, VEN.

   

ESPÍRITU SANTO, VEN, VEN.

   

EN EL NOMBRE DE JESÚS.

   

 

   
  1. 1.Acompáñame, condúceme,
   

toda mi vida.

   

Santifícame transfórmame.

   

Espíritu Santo, ven.

   

 

   

ESTRIBILLO

   

 

   
  1. 2.Resucítame, conviérteme
   

todos los días.

   

Glorifícame, renuévame.

   

Espíritu Santo, ven.

   
   

                                                 
 

 

 

 

 


         
   
   

Salmo desde el sí de María

   

María,     Madre del sí,

   

tu     ejemplo me admira.

   

Me admira     porque arriesgaste tu vida;

   

me admira     porque no miraste a tus intereses

   

sino a     los del resto del mundo;

   

me admira     y me das ejemplo de entrega a Dios.

   

 

   

Yo     quisiera, Madre, tomar tu ejemplo,

   

y     entregarme a la voluntad de Dios como tú.

   

Yo     quisiera, Madre, seguir tus pasos,

   

y a     través de ellos acercarme a tu Hijo.

   

 

   

Yo     quisiera, Madre, tener tu generosidad y entrega

   

para no     decir nunca “no” a Dios.

   

Yo     quisiera, Madre, tener tu amor

   

para ser     siempre fiel a tu Hijo.

   

 

   

Madre del     sí,

   

pide a tu     Hijo por mí, para que me de tu valentía.

   

Pide a tu     Hijo por mí, para que me conceda

   

un     corazón enamorado de él.

   

Pide a tu     Hijo por mí, para que me dé

   

la gracia necesaria para entregarme     y no fallarle nunca.

   
   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

         
   
   

Canto repetitivo:

   

 

   

Ven y     descánsate,

   

ven y     descánsate en Dios, en Dios.

   

Ven y     descánsate,

   

ven y     descánsate en Dios, en Dios,

   

y deja     que Dios sea Dios,

   

deja que     Dios sea Dios.

   

Tú sólo     adórale.

   
   
         
   
   

Respuesta a las peticiones: CANTO

   

 

   

Quiero decir que sí,

   

como tú, María,

   

como tú, un día,

   

como tú, María.

   
   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         
   
   

CANTO FINAL:

   
  1. 1.Yoal Señor, porque es grande,
   

me alegro     en el Dios que me salva,

   

feliz me     dirán las naciones,

   

en mí     descansó su mirada.

   

 

   

UNIDOS A TODOS LOS PUEBLOS

   

CANTAMOS AL DIOS QUE NOS SALVA.

   

 

   
  1. 2.Élen mí obras grandes,
   

su amor     es más fuerte que el tiempo,

   

triunfó     sobre el mal de este mundo,

   

derriba a     los hombres soberbios

   

 

   

UNIDOS A TODOS LOS PUEBLOS

   

CANTAMOS AL DIOS QUE NOS SALVA.

   

 

   

 

   
   

 

 

 

 

 

 

 

 

   
 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 
 
 


ORACIÓN

PONERSE EN CAMINO

   

  •  
         
   
   

CANTO: Espíritu Santo,     ven

   

ESPÍRITU SANTO, VEN, VEN.

   

ESPÍRITU SANTO, VEN, VEN.

   

ESPÍRITU SANTO, VEN, VEN.

   

EN EL NOMBRE DE JESÚS.

   

 

   
  1. 1.Acompáñame, condúceme,
   

toda mi vida.

   

Santifícame transfórmame.

   

Espíritu Santo, ven.

   

 

   

ESTRIBILLO

   

2.     Resucítame, conviérteme

   

todos los días.

   

Glorifícame, renuévame.

   

Espíritu Santo, ven.

   

 

   
   

Ambientación

         
   
   
  • LECTURA     BÍBLICA
   

Sal de tu tierra y de tu patria y     de la casa de tu padre a la tierra que Yo te mostraré. Haré de ti un gran     pueblo y te bendeciré. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a     quienes te maldigan, por ti serán bendecidos todos los linajes de la     tierra...

   

Marchó     Abraham como se lo había dicho Dios.                      (Gn     12, 1-4)

   

 

       
   

 

 

 

 

 

 

 

  • Reflexión personal

 

         
   
   

CANTO: Siempre confío en mi Dios, siempre confío en     mi Dios,

   

Él me     conduce, no temo, me acompaña al caminar.

   
   

 

 

 

 


  • PETICIONES:

CANTO: caminaré en presencia del Señor.

 

  • PADRE NUESTRO
  • ORACIÓN FINAL

Me dice Dios:

Sal de tu agujero, sal de tu rincón,

deja el nido caliente y lánzate a volar, camina.

Y yo me resisto.

Me puede la comodidad de la instalación, me da miedo dejar seguridades.

Huyo del riesgo, de la aventura.

Me gustan los caminos transitados, las sendas marcadas;

miedo me da el camino desconocido, la ruta no señalada en el mapa.

Me gustan los versos: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”,

los versos sí me gustan...

pero, ¿quién no siente la tentación de los caminos marcados previamente?

A todos nos gusta saber a dónde vamos,

eso de dejar seguridades e instalaciones, resulta incómodo,

eso de partir hacia lo desconocido conlleva riesgos, no va conmigo,

¿O sí va conmigo?

Escucho a Dios: sal de tu tierra...

Y Abraham, levantó la tienda, cogió sus bártulos...

Y partió, se puso en camino son volver la vista atrás.

¿Y yo?

 

 

 

 

 

PETICIONES

 

  1. 1.Para que no nos acomodemos, y seamos personas que intentemos mejorar el ambiente en el que nos encontramos.

 

ROGUEMOS AL SEÑOR.

 

 

 

 

 

  1. 2.por la gente que lo está pasando mal, que no encuentra luz en sus vidas. Para que no se dejen vencer por la desidia, el cansancio, la desilusión.

 

ROGUEMOS AL SEÑOR.

 

 

 

 

 

  1. 3.Para que la situación de inestabilidad que se está viviendo en la República de Georgia se solucione pronto, y la gente pueda vivir tranquila y pacíficamente.

ROGUEMOS AL SEÑOR.

 

 

 

 

 

 

  1. 4.Para que seamos una comunidad viva, que marcha, saliendo de sus casas, al encuentro del Señor.

ROGUEMOS AL SEÑOR.

 

 

 

 

 

 

 

  1. 5.Por las vocaciones a la vida consagrada y al ministerio ordenado, especialmente por las de nuestro pueblo. Para que perseveren, y no nos cansemos de pedir al Dueño de la mies que mande trabajadores a su mies.

ROGUE

MAGNÍFICAT

MAGNÍFICAT

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos.

Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como era en principio ahora y siempre por los siglos de los siglos.

Amen.

ORACIONES

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Via Crucis Jóvenes

VIA CRUCIS

 

Presentación

 

Al final de una mañana primaveral de un año entre el 30 y el 33 de nuestra era, por una calle de Jerusalén —que en los siglos sucesivos llevaría el emblemático nombre de «Vía dolorosa»— avanzaba un pequeño cortejo: un condenado a muerte, escoltado por una patrulla del ejército romano, caminaba sosteniendo el patibulum, es decir, el brazo transversal de la cruz cuyo palo vertical ya estaba plantado allá arriba, entre las piedras de un pequeño promontorio rocoso llamado en arameo Gólgota y en latín Calvario, o sea, «Cráneo».

 

Esta era la última etapa de una historia conocida por todos, en cuyo centro destaca la figura de Jesucristo, el hombre crucificado y humillado y el Señor resucitado y glorioso. Era una historia que había comenzado en la tenebrosa oscuridad de la noche anterior, bajo las ramas de los olivos de un campo denominado Getsemaní, es decir, «molino de aceitunas». Una historia que se había desarrollado de modo acelerado también en los palacios del poder religioso y político, y que había desembocado en una condena a muerte. Sin embargo, la tumba, ofrecida generosamente por un hombre rico llamado José de Arimatea, no sería el último capítulo de la historia de ese condenado, como había sucedido en los casos de muchos otros cuerpos martirizados en el cruel suplicio de la crucifixión, destinado por los Romanos al castigo de los revolucionarios y de los esclavos.

 

En efecto, habría una etapa ulterior, sorprendente e inesperada: aquel condenado, Jesús de Nazaret, revelaría de modo fulgurante otra naturaleza suya oculta bajo el perfil concreto de su rostro y de su cuerpo de hombre, la de ser el Hijo de Dios. La cruz y el sepulcro no fueron el último capítulo de aquella historia, sino que lo fue la luz de su resurrección y de su gloria. Como cantaría pocos años después el apóstol Pablo, Aquel que se había despojado de su poder, volviéndose impotente y débil como los hombres y humillándose hasta esa muerte infame por crucifixión, había sido exaltado por el Padre divino que lo había constituido Señor de la tierra y del cielo, de la historia y de la eternidad (cf. Filipenses 2, 6-11).

 

Durante siglos los cristianos han querido recorrer de nuevo las etapas de este Vía Crucis, un itinerario orientado hacia la colina de la crucifixión, pero con la mirada puesta en la última meta, la luz pascual. Lo han hecho como peregrinos en ese misma calle de Jerusalén, pero también en sus ciudades, en sus iglesias, en sus casas. Durante siglos escritores y artistas, grandes o desconocidos, se han esforzado por hacer revivir ante los ojos asombrados y conmovidos de los fieles aquellas etapas o «estaciones», auténticas paradas para meditar a lo largo del camino hacia el Gólgota. Así han surgido imágenes poderosas y sencillas, elevadas y populares, dramáticas e ingenuas.

 

Así pues, avancemos juntos a lo largo de este itinerario de oración, no para hacer simplemente memoria histórica de un suceso pasado y de un difunto, sino para vivir la realidad de un acontecimiento áspero y duro, pero abierto a la esperanza, a la alegría, a la salvación. Tal vez a nuestro lado caminarán también personas que aún están en fase de búsqueda, avanzando con la inquietud de sus interrogantes. Y mientras caminamos, etapa tras etapa, a lo largo de esta senda de dolor y de luz, resonarán nuevamente las vibrantes palabras del apóstol san Pablo: «La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ... ¡Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!» (1 Corintios 15, 54-55.57).


Oración inicial


En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

R. Amén.

 

Hermanos y hermanas,
ha descendido sobre nuestro pueblola sombra de la noche
como en aquella tarde sobre las casas y sobre los huertos de Jerusalén.
También nosotros ahora nos acercaremos a los olivos de Getsemaní
y comenzaremos a seguir los pasos de Jesús de Nazaret
en las últimas horas de su vida terrena.

Será un viaje en el dolor, en la soledad, en la crueldad
en el mal y en la muerte.
Pero también será un recorrido en la fe, en la esperanza y en el amor,
porque el sepulcro de la última etapa de nuestro camino
no quedará sellado para siempre.
Pasada la tiniebla,
en el alba de Pascua despuntará la luz de la alegría,
en medio del silencio resonará la palabra de vida,
a la muerte sucederá la gloria de la resurrección.

Oremos ahora
uniendo nuestras palabras
a las de una antigua voz del Oriente cristiano.

Señor Jesús,
concédenos las lágrimas que ahora no tenemos,
para lavar nuestros pecados.
Danos el valor de suplicar tu misericordia.
En el día de tu último juicio
arranca las páginas que enumeran nuestros pecados
y haz que desparezcan.

Señor Jesús,
también a nosotros nos repites, esta tarde,
las palabras que dijiste un día a Pedro:
«Sígueme».
Obedeciendo a tu invitación
queremos seguirte, paso a paso,
por el camino de tu Pasión,
para aprender también nosotros
a pensar según Dios
y no según los hombres.
Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Primera estación

Jesús en el huerto de los olivos

 

V. Te adoramos, Cristo, y t bendecimos.

R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Evangelio según san Lucas 22, 39-46

Jesús salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos, y los discípulos le siguieron. Llegado al lugar les dijo: «Pedid que no caigáis en tentación». Y se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra. Levantándose de la oración, vino donde los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza; y les dijo: «¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación».

 

 

Meditación

Cuando desciende sobre Jerusalén el velo de la oscuridad, aún hoy los olivos de Getsemaní, con el susurro de sus hojas, parecen remontarnos a aquella noche de sufrimiento y de oración que vivió Jesús. Él destaca solitario, en el centro de la escena, arrodillado sobre los terrones de aquel huerto. Como cualquier persona cuando afronta la muerte, también Cristo está embargado de angustia; más aún, la palabra original que utiliza el evangelista san Lucas es «agonía», o sea, lucha. Entonces la oración de Jesús es dramática, es tensa como en un combate, y el sudor mezclado con sangre que resbala por su rostro es signo de un tormento áspero y duro.

 

Jesús lanza un grito hacia lo alto, hacia aquel Padre que parece misterioso y mudo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz», el cáliz del dolor y de la muerte. También uno de los grandes padres de Israel, Jacob, en una noche oscura, en las riberas de un afluente del Jordán, se había encontrado con Dios como una persona misteriosa que «estuvo luchando con él hasta rayar el alba». Orar en el tiempo de la prueba es una experiencia que conmueve el cuerpo y el alma, y también Jesús, en las tinieblas de aquella noche, «ofrece ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que puede salvarle de la muerte».

 

En el Cristo de Getsemaní, en lucha con la angustia, nos reconocemos a nosotros mismos cuando atravesamos la noche del dolor lacerante, de la soledad de los amigos, del silencio de Dios. Por esto, Jesús –como se ha dicho– «estará en agonía hasta el fin del mundo: no hay que dormir hasta ese momento, porque él busca compañía y consuelo», como cualquier persona de la tierra que sufre. En él descubrimos también nuestro rostro, cuando está bañado en lágrimas y marcado por la desolación.

 

Pero la lucha de Jesús no desemboca en la tentación de la rendición desesperada, sino en la profesión de confianza en el Padre y en su misterioso designio. En esa hora amarga repite las palabras del «Padre nuestro»: «Orad para que no caigáis en tentación... No se haga mi voluntad, sino la tuya». Entonces aparece el ángel de la consolación, del apoyo y del consuelo, que ayuda a Jesús y nos ayuda a nosotros a seguir hasta el fin nuestro camino.

 

Todos: Padre Nuestro

 

 

 

 


Segunda estación

Jesús, traicionado por Judas, es arrestado

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Evangelio según san Lucas 22, 47-53

Todavía estaba hablando, cuando se presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero, y se acercó a Jesús para darle un beso. Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?». Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: «Señor, ¿herimos a espada?». Y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha. Pero Jesús dijo: «¡Dejad! ¡Basta ya!». Y tocando la oreja le curó. Dijo Jesús a los sumos sacerdotes, jefes de la guardia del Templo y ancianos que habían venido contra él: «¿Como contra un salteador habéis salido con espadas y palos? Estando yo todos los días en el Templo con vosotros, no me pusisteis las manos encima; pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas».

 

Meditación

Entre los olivos de Getsemaní, en medio de la tiniebla, avanza ahora una pequeña multitud: la guía Judas, «uno de los Doce», un discípulo de Jesús. En el relato de san Lucas, Judas no pronuncia ni siquiera una palabra; es sólo una presencia gélida. Casi parece que no logra acercarse totalmente al rostro de Jesús para besarlo, porque lo detiene la única voz que resuena, la de Cristo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?». Son palabras tristes, pero firmes, que revelan la maraña maligna que anida en el corazón agitado y endurecido del discípulo, tal vez iluso y desengañado, y dentro de poco desesperado.

 

Esa traición y ese beso, a lo largo de los siglos, se han transformado en el símbolo de todas las infidelidades, de todas las apostasías, de todos los engaños. Cristo, por tanto, afronta otra prueba, la de la traición que engendra abandono y aislamiento. No es la soledad que tanto amaba, cuando se retiraba a los montes a orar; no es la soledad interior, fuente de paz y de serenidad porque con ella nos asomamos al misterio del alma y de Dios. Es, por el contrario, la experiencia dolorosa de tantas personas que también en esta hora en que nos encontramos aquí reunidos, al igual que en otros momentos del día, están solas en una habitación, ante una pared desnuda o ante un teléfono mudo, olvidados por todos por ser viejos, enfermos, extranjeros o extraños. Jesús bebe con ellos también este cáliz que contiene el veneno del abandono, de la soledad, de la hostilidad.

 

La escena de Getsemaní, a continuación, se vuelve a animar: al anterior cuadro solemne, íntimo y silencioso, de la oración se opone ahora, bajo los olivos, el alboroto, el tumulto e incluso la violencia. Con todo, Jesús destaca siempre en el centro como un punto firme. Es consciente de que el mal envuelve la historia humana con su sudario de prepotencia, de agresión, de brutalidad: «Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas».

 

Cristo no quiere que los discípulos, dispuestos a echar mano a la espada, reaccionen al mal con el mal, a la violencia con otra violencia. Está seguro de que el poder de las tinieblas –aparentemente invencible y jamás harto de triunfos– está destinado a sucumbir. En efecto, a la noche sucederá el alba, a la oscuridad la luz, a la traición el arrepentimiento, también para Judas. Por esto, a pesar de todo, es preciso seguir esperando y amando. Como Jesús mismo había enseñado en el monte de las Bienaventuranzas, para tener un mundo nuevo y diverso, es necesario «amar a nuestros enemigos y orar por los que nos persiguen».

Todos: Padre Nuestro.


Tercera estación

Jesús es condenado por el Sanedrín

 

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Evangelio según san Lucas 22, 66-71

En cuanto se hizo de día, se reunió el consejo de ancianos del pueblo, sumos sacerdotes y escribas; le hicieron venir a su Sanedrín y le dijeron: «Si tú eres el Cristo, dínoslo». Él respondió: «Si os lo digo, no me creeréis. Si os pregunto, no me responderéis. De ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios». Dijeron todos: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?». Él les dijo: «Vosotros lo decís: Yo soy». Dijeron ellos: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca?».

 

Meditación

El sol del Viernes Santo se está asomando tras el monte de los Olivos, después de haber iluminado los valles del desierto de Judea. Los setenta y un miembros del Sanedrín, la máxima institución judía, están reunidos en semicírculo en torno a Jesús. Está a punto de iniciarse la audiencia que comprende el procedimiento acostumbrado de las asambleas judiciales: el control de la identidad, los cargos que se imputan al acusado, los testimonios. El juicio es de índole religiosa, de acuerdo con la competencia de ese tribunal, como lo demuestran también las dos preguntas capitales: «¿Eres tú el Cristo?... ¿Eres tú el Hijo de Dios?».

 

La respuesta de Jesús parte de una premisa casi desalentada: «Si os lo digo, no me creeréis. Si os pregunto, no me responderéis». Por consiguiente, sabe que se cierne sobre él la incomprensión, la sospecha, el equívoco. Percibe en torno a sí una fría cortina de desconfianza y de hostilidad, mucho más opresiva por haberla levantado contra él su misma comunidad religiosa y nacional. Ya el Salmista había experimentado esa desilusión: «Si mi enemigo me injuriase, lo aguantaría; si mi adversario se alzase contra mí, me escondería de él; pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente, a quien me unía una dulce intimidad; juntos íbamos entre el bullicio por la casa de Dios».

* * *

Sin embargo, a pesar de la incomprensión, Jesús no duda en proclamar el misterio que hay en él y que desde ese momento está a punto de ser revelado como una epifanía. Recurriendo al lenguaje de las Sagradas Escrituras, se presenta como «el Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios». Es la gloria mesiánica, esperada por Israel, la que ahora se manifiesta en este condenado. Más aún, es el Hijo de Dios, que paradójicamente se presenta revestido ahora de los harapos de un imputado. La respuesta de Jesús –«Yo soy»–, a primera vista semejante a la confesión de un condenado, se transforma realmente en una profesión solemne de divinidad. En efecto, para la Biblia «Yo soy» es el nombre y el apelativo de Dios mismo.

 

La imputación, que producirá una sentencia de muerte, se convierte así en una revelación y llega a ser también nuestra profesión de fe en Cristo, Hijo de Dios. Ese imputado, humillado por la corte arrogante, por la sala suntuosa, por un juicio ya fallado, recuerda a todos el deber de dar testimonio de la verdad. Un testimonio que se debe dar incluso cuando es fuerte la tentación de esconderse, de resignarse, de dejarse llevar a la deriva por la opinión dominante. Como declaraba una joven judía destinada a ser asesinada en un campo de concentración, «a cada nuevo horror o crimen debemos oponer un nuevo fragmento de verdad y de bondad que hemos conquistado en nosotros mismos. Podemos sufrir, pero no debemos sucumbir».

Todos: Padre Nuestro


Cuarta estación

Jesús es negado por Pedro

 

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Evangelio según san Lucas 22, 54-62

Entonces le prendieron, se lo llevaron y le hicieron entrar en la casa del Sumo Sacerdote; Pedro le iba siguiendo de lejos. Habían encendido una hoguera en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos. Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: «Este también estaba con él». Pero él lo negó: «¡Mujer, no le conozco!». Poco después, otro, viéndole, dijo: «Tú también eres uno de ellos». Pedro dijo: «¡Hombre, no lo soy!». Pasada como una hora, otro aseguraba: «Cierto que este también estaba con él, pues además es galileo». Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!». Y en aquel momento, estando aún hablando, cantó un gallo, y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces». Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente.

 

Meditación

Volvamos de nuevo a la noche que habíamos dejado al entrar en la sala del primer proceso que sufrió Jesús. La oscuridad y el frío son desgarrados por las llamas de un brasero situado en el patio del palacio del Sanedrín. El personal de servicio y de custodia estira las manos hacia esa fuente de calor; los rostros están iluminados. Y he aquí que se escuchan tres voces en sucesión, tres manos apuntan hacia un rostro reconocido, el de Pedro.

 

La primera es una voz femenina. Es una criada del palacio que se queda mirando al discípulo y exclama: «Tú también estabas con Jesús». Luego se escucha una voz masculina: «Eres uno de ellos». Y más tarde otro hombre repite la misma acusación, al notar el acento septentrional de Pedro: «Estabas con él». A estas denuncias, casi en un crescendo desesperado de autodefensa, el apóstol no duda en jurar tres veces: «¡No conozco a Jesús! ¡No soy uno de sus discípulos! ¡No sé lo que decís!». La luz de aquel brasero penetra, por tanto, mucho más allá del rostro de Pedro; revela un alma mezquina, su fragilidad, el egoísmo, el miedo. Y, sin embargo, pocas horas antes había proclamado: «Aunque todos se escandalicen, yo no... Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré».

* * *

Sin embargo, el telón no cae sobre esta traición, como había acontecido con Judas. En efecto, en esa noche un sonido intenso desgarra el silencio de Jerusalén y sobre todo la conciencia de Pedro: el canto de un gallo. En ese preciso momento Jesús está saliendo de la sala del juicio donde ha sido condenado. San Lucas describe el cruce de las miradas de Cristo y Pedro, y lo hace usando un verbo griego que indica fijar intensamente la mirada en un rostro. Pero, como observa el evangelista, no es un hombre cualquiera el que ahora mira a otro; es «el Señor», cuyos ojos escrutan el corazón y los riñones, es decir, el secreto íntimo de un alma.

 

Y de los ojos del apóstol resbalan las lágrimas del arrepentimiento. En su historia se condensan numerosas historias de infidelidad y de conversión, de debilidad y de liberación. «He llorado y he creído»: así, con estos dos únicos verbos, hace siglos, un convertido relacionará su experiencia con la de Pedro, interpretando también el sentimiento de todos los que cada día realizamos pequeñas traiciones, protegiéndonos tras justificaciones mezquinas, dejándonos arrastrar por temores viles. Pero, como sucedió al apóstol, también nosotros tenemos abierto el camino del encuentro con la mirada de Cristo, que nos hace el mismo encargo: También tú, «una vez convertido, confirma a tus hermanos».

Todos: Padre Nuestro


Quinta estación

Jesús es juzgado por Pilato

 

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Evangelio según san Lucas 23, 13-25

Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo y les dijo: «Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, pero yo le he interrogado delante de vosotros y no he hallado en este hombre ninguno de los delitos de que le acusáis. Ni tampoco Herodes, porque nos lo ha remitido. Nada ha hecho, pues, que merezca la muerte. Así que le castigaré y le soltaré». Toda la muchedumbre se puso a gritar a una: «¡Fuera ese; suéltanos a Barrabás!». Este había sido encarcelado por un motín que hubo en la ciudad y por asesinato. Pilato les habló de nuevo, intentando librar a Jesús, pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícale, crucifícale!». Por tercera vez les dijo: «Pero ¿qué mal ha hecho este? No encuentro en él ningún delito que merezca la muerte; así que le castigaré y le soltaré». Pero ellos insistían pidiendo a grandes voces que fuera crucificado y sus gritos eran cada vez más fuertes. Pilato sentenció que se cumpliera su demanda. Soltó, pues, al que habían pedido, el que estaba en la cárcel por motín y asesinato, y a Jesús se lo entregó a su voluntad.

 

Meditación

Jesús está ahora entre las insignias imperiales, los estandartes, las águilas y las enseñas de la autoridad romana, en el interior de otro palacio del poder, el del gobernador Poncio Pilato, un nombre marginal y olvidado en la historia del imperio de Roma. Y, sin embargo, es un nombre que resuena cada domingo en todo el mundo, precisamente a causa del proceso que se está celebrando ahora: en efecto, los cristianos, en el Credo, proclaman que Cristo «fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato». Por un lado, Pilato encarna a primera vista la brutalidad represiva, hasta el punto de que san Lucas, en una página de su Evangelio, recuerda el día en que no dudó en mezclar en el templo la sangre judía con la de los animales del sacrificio. A él se une también otro poder oscuro e impalpable: la fuerza feroz de las masas, manipuladas por las estrategias de los poderes ocultos que traman en la sombra. El resultado es la decisión de indultar a un rebelde homicida, Barrabás.

 

Por otro lado, sin embargo, emerge un aspecto diverso de Pilato: parece representar la tradicional equidad e imparcialidad del derecho romano. En efecto, tres veces intenta proponer la absolución de Jesús por insuficiencia de pruebas, conminando al máximo la sanción disciplinaria de la flagelación. Efectivamente, en un análisis serio del proceso, la acusación no se sostenía. Por tanto, como reafirman todos los evangelistas, Pilato manifiesta cierta apertura de espíritu, una disponibilidad que sin embargo progresivamente se decolora y se apaga.

* * *

 

Entonces, bajo la presión de la opinión pública, Pilato encarna una actitud que parece dominar en nuestros días: la indiferencia, el desinterés, la conveniencia personal. Para vivir tranquilos y buscando el propio beneficio, no se duda en pisotear la verdad y la justicia. La inmoralidad explícita engendra al menos una turbación o una reacción; pero esta es pura amoralidad, que paraliza la conciencia, extingue el remordimiento y embota la mente. La indiferencia es la muerte lenta de la verdadera humanidad.

 

El resultado es la decisión final de Pilato. Jesús, que es uno de los pequeños de la tierra, sin poder decir una palabra, es ahogado por esta red. Y como hacemos a menudo también nosotros, Pilato mira hacia otra parte, se lava las manos y se hace la eterna pregunta típica de todo escepticismo y de todo relativismo ético: «¿Qué es la verdad?».

Todos: Padre Nuestro.


Sexta estación

Jesús es azotado y coronado de espinas

 

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Evangelio según san Lucas 22, 63-65

Los hombres que le tenían preso se burlaban de él y le golpeaban; y cubriéndole con un velo le preguntaban: «¡Adivina! ¿Quién es el que te ha pegado?». Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas.

Del Evangelio según san Juan 19, 2-3

Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a él, le decían: «Salve, rey de los judíos». Y le daban bofetadas.

 

Meditación

Un día, mientras caminaba por el valle del Jordán, no lejos de Jericó, Jesús se había detenido y había dirigido a los Doce unas palabras duras e indescifrables para ellos: «Mirad que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los profetas escribieron para el Hijo del hombre; pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burlas, insultado y escupido; y después de azotarle le matarán...». Ahora esas palabras dejan de ser enigmáticas: en el patio del pretorio, la sede jerosolimitana del gobernador romano, comienza el lúgubre ritual de la tortura, acompañado fuera del palacio por el bullicio de la muchedumbre que espera el espectáculo del cortejo de la ejecución capital.

 

En ese espacio prohibido al público se realiza un gesto que se repetirá a lo largo de los siglos con mil formas sádicas y perversas, en la oscuridad de tantas celdas. Jesús no sólo es golpeado, sino también humillado. Más aún, el evangelista san Lucas, para definir esos insultos, usa el verbo «blasfemar», revelando de modo alusivo el significado profundo de ese desahogo de los guardias que se ensañan con su víctima. Pero, además de desgarrar la carne de Cristo, ultrajan su dignidad personal con una farsa macabra.

* * *

 

Es el evangelista san Juan quien relata ese acto sarcástico, marcado por el ritmo de un juego popular, el del rey de burla. En efecto, ahí está una corona hecha de ramitas espinosas; la púrpura real, sustituida por un manto rojo; y el saludo imperial «Ave, César». Y, sin embargo, en esa burla se puede vislumbrar un signo glorioso: sí, Jesús es humillado como rey de escarnio; pero, en realidad, él es el verdadero soberano de la historia.

 

Cuando, al final, se ponga de manifiesto su realeza –como nos recuerda otro evangelista, san Mateo– él condenará a todos los torturadores y opresores, e introducirá en la gloria no sólo a las víctimas, sino también a los que hayan visitado a los que estaban en la cárcel, curado a los heridos y a los que sufren, sostenido a los hambrientos, a los sedientos y a los perseguidos. Sin embargo, el rostro que se manifestó transfigurado en el Tabor, ahora está desfigurado; el que es «el resplandor de la gloria divina» está oscurecido y humillado; como había anunciado Isaías, el Siervo mesiánico del Señor tiene la espalda surcada por los azotes, la barba arrancada de las mejillas, el rostro lleno de salivazos. En él, que es el Dios de la gloria, está presente también nuestra humanidad doliente; en él, que es el Señor de la historia, se revela la vulnerabilidad de las criaturas; en él, que es el Creador del mundo, se condensan los suspiros de dolor de todos los seres vivos.

Todos: Padre Nuestro


Séptima estación

Jesús es cargado con la Cruz

 

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Evangelio según san Marcos 15, 20

Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron la púrpura, le pusieron sus ropas y le sacaron fuera para crucificarle.

 

Meditación

En los patios del palacio imperial ha concluido la fiesta macabra; caen los harapos de aquel ridículo vestido real, y se abre de par en par el portal. Jesús camina, con sus vestidos habituales, con su túnica «sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo». Sobre sus hombros lleva el madero horizontal, destinado a acoger sus brazos cuando sea fijado sobre el palo de la crucifixión. Avanza en silencio; sus huellas sangran sobre aquella calle que aún hoy en Jerusalén lleva el nombre de «Vía dolorosa».

 

Ahora comienza en sentido estricto el Vía Crucis, el recorrido que también esta tarde se repite y que se dirige hacia la colina de las ejecuciones capitales, fuera de las murallas de la ciudad santa. Jesús avanza y vacila bajo ese peso y por la debilidad de su cuerpo herido. La tradición ha querido marcar simbólicamente ese itinerario con tres caídas. En ellas está la historia infinita de tantas mujeres y hombres postrados en la miseria o en el hambre: son niños endebles, ancianos extenuados, pobres debilitados, de cuyas venas ha sido chupada toda energía.

 

En esas caídas está también la historia de todas las personas desoladas en el alma e infelices, ignoradas por el frenesí y por la distracción de quienes pasan a su lado. En Cristo, inclinado bajo el peso de la cruz, está la humanidad enferma y débil que, como afirmaba el profeta Isaías, «postrada, habla desde la tierra; desde el polvo surge ahogada su palabra; su voz sale de la tierra como la de un fantasma, y desde el polvo su palabra suena como un murmullo».

* * *

 

También hoy, como entonces, en torno a Jesús que se levanta y avanza sosteniendo el madero de la cruz, se desarrolla la vida diaria de la calle, marcada por los negocios, por los escaparates rutilantes, por la búsqueda del placer. Y, sin embargo, en torno a él no sólo hay hostilidad o indiferencia. Tras sus pasos avanzan hoy también quienes han elegido seguirlo. Han escuchado la llamada que un día él hizo al pasar por los campos de Galilea: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». «Así pues, salgamos donde él fuera del campamento, cargando con su oprobio». Al final de la Vía dolorosa no sólo está la colina de la muerte o el abismo del sepulcro, sino también el monte de la Ascensión gloriosa y de la luz.

 

Todos: Padre Nuestro

 

 

 

 

 

 


Octava estación

Jesús es ayudado por el Cireneo a llevar la Cruz

 

 

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Evangelio según san Lucas 23, 26

Cuando llevaban a Jesús, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús.

 

Meditación

Volvía del campo, tal vez después de varias horas de trabajo. En casa lo esperaban los preparativos del día de fiesta: en efecto, al atardecer se abriría la frontera sagrada del sábado, cuando brillaran las primeras estrellas en el cielo. Simón era su nombre; era un judío oriundo de África, de Cirene, ciudad situada junto al litoral libio y en la que vivía una numerosa comunidad de la Diáspora judía. Una orden tajante de la patrulla romana que escolta a Jesús lo detiene y lo obliga a llevar durante un tramo de camino el patíbulo de aquel condenado exhausto.

 

Simón pasaba por allí por casualidad. No sabía que ese encuentro sería extraordinario. Como se ha escrito, «¡cuántos hombres, a lo largo de los siglos, hubieran querido estar allí, en su lugar, haber pasado por allí precisamente en ese momento! Pero ya era demasiado tarde; era él quien pasaba por allí y en el decurso de los siglos él jamás cedería su puesto a otros». Es el misterio del encuentro con Dios, que cambia repentinamente tantas vidas. Pablo, el apóstol, había sido interceptado, «aferrado y conquistado» por Cristo en el camino de Damasco. Por eso, luego tomaría de Isaías aquellas sorprendentes palabras de Dios: «Fui hallado por quienes no me buscaban; me manifesté a quienes no preguntaban por mí».

* * *

 

Dios está al acecho por las sendas de nuestra existencia diaria. Es él quien a veces llama a nuestra puerta, pidiendo un puesto a nuestra mesa para cenar con nosotros. Incluso un imprevisto, como el que aconteció en la vida de Simón de Cirene, puede transformarse en un don de conversión, hasta el punto de que el evangelista san Marcos citará los nombres de los hijos de ese hombre, ya cristianos, Alejandro y Rufo. De este modo, el Cireneo es el emblema del abrazo misterioso entre la gracia divina y la obra humana. En efecto, al final, el evangelista lo presenta como el discípulo que «lleva la cruz tras Jesús», siguiendo sus huellas.

 

Su gesto, realizado como acción forzada, se transforma idealmente en un símbolo de todos los actos de solidaridad en favor de los que sufren, de los oprimidos y de los cansados. El Cireneo representa, así, a la inmensa multitud de personas generosas, de misioneros, de samaritanos que no «dan un rodeo», sino que socorren a los desdichados, cargándolos sobre sí para sostenerlos. Sobre la cabeza y sobre los hombros de Simón, inclinados bajo el peso de la cruz, resuenan entonces las palabras de san Pablo: «Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo».

 

Todos: Padre Nuestro.

 

 

 

 

Novena estación

Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

 

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Evangelio según san Lucas 23, 27-31

Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas, dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron! Entonces se pondrán a decir a los montes: ¡Caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Cubridnos! Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?».

 

Meditación

En aquel viernes de primavera, en el camino que llevaba al Gólgota no se agolpaban sólo los desocupados, los curiosos y la gente hostil a Jesús. En efecto, también había un grupo de mujeres, tal vez pertenecientes a una cofradía dedicada al consuelo y a la lamentación ritual por los moribundos y los condenados a muerte. Cristo, durante su vida terrena, superando convenciones y prejuicios, a menudo se había rodeado de mujeres y había conversado con ellas, escuchando sus dramas pequeños y grandes: desde la fiebre de la suegra de Pedro hasta la tragedia de la viuda de Naím, desde la prostituta que lloraba hasta el tormento interior de María Magdalena, desde el afecto de Marta y María hasta el sufrimiento de la mujer que padecía un flujo de sangre, desde la joven hija de Jairo hasta la anciana encorvada, desde la noble Juana de Cusa hasta la viuda indigente y las figuras femeninas de la muchedumbre que lo seguía.

 

Así pues, en torno a Jesús, hasta su última hora, se encuentran numerosas madres, hijas y hermanas. Nosotros, ahora, nos imaginamos que están también a su lado todas las mujeres humilladas y violentadas, las marginadas y sometidas a prácticas tribales indignas, las mujeres con crisis y solas ante su maternidad, las madres judías y palestinas, y las de todas las tierras en guerra, las viudas y las ancianas olvidadas por sus hijos... Es una larga lista de mujeres que testimonian ante un mundo árido y cruel el don de la ternura y de la conmoción, como hicieron por el hijo de María al final de aquella mañana de Jerusalén. Esas mujeres nos enseñan la belleza de los sentimientos: no debemos avergonzarnos de que nuestro corazón acelere sus latidos por la compasión, de que a veces resbalen las lágrimas por nuestras mejillas, de que sintamos la necesidad de una caricia y de un consuelo.

* * *

Jesús acepta los gestos de caridad de esas mujeres, como en otras ocasiones había aceptado otros gestos delicados. Pero paradójicamente ahora es él quien se interesa por los sufrimientos que afectan a esas «hijas de Jerusalén»: «No lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos». En efecto, está a punto de estallar un incendio sobre el pueblo y sobre la ciudad santa, «un leño seco» preparado para atizar el fuego.

 

La mirada de Jesús se desliza hacia el futuro juicio divino sobre el mal, sobre la injusticia, sobre el odio que están alimentando ese fuego. Cristo se conmueve por el dolor que va a caer sobre esas madres cuando irrumpa en la historia la intervención justa de Dios. Pero sus estremecedoras palabras no indican un desenlace desesperado, porque su voz es la voz de los profetas, una voz que no engendra agonía y muerte, sino conversión y vida: «Buscad al Señor  y viviréis... Entonces se alegrará la doncella en el baile, los mozos y los viejos juntos, y cambiaré su duelo en regocijo, y los consolaré y alegraré de su tristeza».

Todos: Padre Nuestro.


Décima estación

Jesús es crucificado

 

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Evangelio según san Lucas 23, 33-38

Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la  izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen». Se repartieron sus vestidos, echando a suertes. Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: «A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían: «Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!». Había encima de él una inscripción: «Este es el rey de los judíos».

 

Meditación

Era sólo un promontorio rocoso denominado en arameo Gólgota, en latín Calvario, es decir, «Cráneo», tal vez por su configuración física. En aquel pico se alzan tres cruces de condenados a muerte, dos «malhechores», probablemente revolucionarios antirromanos, y Jesús. Comienzan a transcurrir las últimas horas de la vida terrena de Cristo, horas marcadas por el desgarramiento de su carne, por el descoyuntamiento de sus huesos, por la asfixia progresiva, por la desolación interior. Son las horas que atestiguan la plena fraternidad del Hijo de Dios con el hombre que sufre, agoniza y muere. Un poeta cantaba: «El ladrón de la izquierda y el ladrón de la derecha / sólo sentían los clavos en el cuenco de la mano. / Cristo, en cambio, sentía el dolor dado por la salvación / el costado atravesado, el corazón traspasado. / Era su corazón que ardía. / El corazón devorado por el amor». Sí, porque en torno a ese patíbulo parece resonar la voz de Isaías: «Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido curados. Él se da a sí mismo en expiación».  Los brazos abiertos de aquel cuerpo martirizado quieren abarcar todo el horizonte, abrazando a la humanidad, casi «como una gallina que recoge a su nidada bajo las alas». En efecto, esta era su misión: «Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí».

* * *

Bajo aquel cuerpo agonizante desfila la multitud que quiere «ver» un espectáculo macabro. Es el retrato de la superficialidad, de la curiosidad trivial, de la búsqueda de emociones fuertes. Un retrato en el que se puede identificar también a una sociedad como la nuestra, que escoge la provocación y el exceso casi como una droga para excitar a un alma ya entorpecida, a un corazón insensible, a una mente ofuscada.

 

Bajo aquella cruz está también la crueldad pura y dura, la de los jefes y de los soldados que no saben lo que es compasión y logran profanar incluso el sufrimiento y la muerte con el escarnio: «Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!». No saben que precisamente sus palabras sarcásticas y la inscripción oficial puesta sobre la cruz –«Este es el rey de los judíos»– encierran una verdad.  Ciertamente, Jesús no baja de la cruz con una acción espectacular: no quiere adhesiones serviles y fundadas en lo prodigioso, sino una fe libre y un amor auténtico. Con todo, precisamente a través de la derrota de su humillación y la impotencia de la muerte, él abre la puerta de la gloria y de la vida, revelándose como el verdadero Señor y rey de la historia y del mundo.

 

Todos: Padre Nuestro.

 

 


Undécima estación

Jesús promete su reino al buen ladrón

 

 

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Evangelio según san Lucas 23, 39-43

Uno de los malhechores colgados en la cruz le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

 

Meditación

Transcurren los minutos de la agonía y la energía vital de Jesús crucificado se está atenuando lentamente. Sin embargo, aún tiene la fuerza para realizar un último acto de amor en favor de uno de los dos condenados a la pena capital que se encuentran a su lado en esos instantes trágicos, mientras el sol está aún en lo alto del cielo. Entre Cristo y aquel hombre tiene lugar un diálogo tenue, compuesto por dos frases esenciales.

 

Por un lado, está la petición del malhechor, al que la tradición llama «el buen ladrón», el convertido en la hora extrema de su vida: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino». En cierto sentido, es como si aquel hombre rezara una versión personal del «Padre nuestro» y de la invocación: «Venga tu Reino». Sin embargo, hace la petición directamente a Jesús, llamándolo por su nombre, un nombre con un significado luminoso en ese instante: «El Señor salva». Luego viene el imperativo: «Acuérdate de mí». En el lenguaje de la Biblia este verbo tiene una fuerza particular, que no corresponde a nuestro pálido «recuerdo». Es una palabra de certeza y de confianza, como para decir: «Tómame a tu cargo, no me abandones, sé como el amigo que sostiene y apoya».

* * *

Por otro lado, está la respuesta de Jesús, brevísima, casi como un suspiro: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». La palabra «Paraíso», tan rara en las Escrituras, que sólo aparece otras dos veces en el Nuevo Testamento, en su significado originario evoca un jardín fértil y florido. Es una imagen fragante de aquel Reino de luz y de paz que Jesús había anunciado en su predicación, que había inaugurado con sus milagros y que dentro de poco tendrá una epifanía gloriosa en la Pascua.  Es la meta de nuestro fatigoso camino en la historia, es la plenitud de la vida, es la intimidad del abrazo con Dios. Es el último don que Cristo nos hace, precisamente a través del sacrificio de su muerte, que se abre a la gloria de la resurrección.

 

Nada más se dijeron en aquel día de angustia y de dolor los dos crucificados, pero esas pocas palabras pronunciadas con dificultad por sus gargantas secas resuenan aún hoy y constituyen siempre un signo de confianza y de salvación para quienes han pecado pero también han creído y esperado, aunque sea en la última frontera de la vida.

 

Todos: Padre Nuestro.

 

 

 


Duodécima estación

Jesús en la Cruz, la Madre y el discípulo

 

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Evangelio según san Juan 19, 25-27

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

 

Meditación

Había comenzado a desprenderse de aquel Hijo desde el día en que, a los doce años, él le había dicho que tenía otra casa y otra misión que realizar, en nombre de su Padre celestial. Sin embargo, ahora para María ha llegado el momento de la separación suprema. En esa hora está el desgarramiento de toda madre que ve alterada la lógica misma de la naturaleza, por la que son las madres quienes mueren antes que sus hijos. Pero el evangelista san Juan borra toda lágrima de aquel rostro dolorido, apaga todo grito en aquellos labios, no presenta a María postrada en tierra en medio de la desesperación.

 

Más aún, reina el silencio, sólo roto por una voz que baja de la cruz y del rostro torturado del Hijo agonizante. Es mucho más que un testamento familiar: es una revelación que marca un cambio radical en la vida de la Madre. Aquel desprendimiento extremo en la muerte no es estéril, sino que tiene una fecundidad inesperada, semejante a la del parto de una madre. Exactamente como había anunciado Jesús mismo pocas horas antes, en la última tarde de su existencia terrena: «La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo».

* * *

María vuelve a ser madre: no es casualidad que en las pocas líneas de este relato evangélico aparezca cinco veces la palabra «madre». Por consiguiente, María vuelve a ser madre y sus hijos serán todos los que son como «el discípulo amado», es decir, todos los que se acogen bajo el manto de la gracia divina salvadora y que siguen a Cristo con fe y amor.

 

Desde aquel instante María ya no estará sola; se convertirá en la madre de la Iglesia, un pueblo inmenso de toda lengua, pueblo y estirpe, que a lo largo de los siglos se unirá a ella en torno a la cruz de Cristo, su primogénito. Desde aquel momento también nosotros caminamos con ella por las sendas de la fe, nos encontramos con ella en la casa donde sopla el Espíritu de Pentecostés, nos sentamos a la mesa donde se parte el pan de la Eucaristía y esperamos el día en que su Hijo vuelva para llevarnos como a ella a la eternidad de su gloria.

 

Todos: Padre Nuestro.

 

 

 

 

 

 

 

Dedimotercera estación

Jesús muere en la Cruz

 

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Evangelio según san Lucas 23, 44-47

Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. El velo del Templo se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu» y, dicho esto, expiró. Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: «Ciertamente este hombre era justo».

 

Meditación

Al inicio de nuestro itinerario era el velo de la noche el que envolvía a Getsemaní; ahora es la oscuridad de un eclipse la que se extiende como un sudario sobre el Gólgota. Así pues, el «poder de las tinieblas» parece dominar sobre la tierra donde Dios muere. Sí, el Hijo de Dios, por ser verdaderamente hombre y hermano nuestro, debe beber también el cáliz de la muerte, la muerte que es el carné de identidad real de todos los hijos de Adán. Así es como Cristo «se asemeja en todo a sus hermanos», se hace plenamente uno de nosotros, presente con nosotros también en la extrema agonía entre la vida y la muerte. Una agonía que tal vez se repite también en estos minutos para un hombre o una mujer aquí en Roma y en muchas otras ciudades y aldeas del mundo.

 

Ya no es el Dios grecorromano impasible y remoto, como un emperador relegado a los cielos dorados de su Olimpo. Ahora, en Cristo que muere se revela el Dios apasionado, enamorado de sus criaturas hasta el punto de encerrarse libremente en su frontera de dolor y de muerte. Por esto el Crucifijo es un signo humano universal de la soledad de la muerte y también de la injusticia y del mal. Pero también es un signo divino universal de esperanza para las expectativas de todo centurión, es decir, de toda persona inquieta que busca.

* * *

En efecto, incluso estando allá arriba, muriendo en aquel patíbulo, mientras su respiración de apaga, Jesús no deja de ser el Hijo de Dios. En aquel momento todos los sufrimientos y las muertes son atravesadas y poseídas por la divinidad, son impregnadas de eternidad; en ellas queda depositada una semilla de vida inmortal, brilla un rayo de luz divina.

 

La muerte, entonces, aun sin perder su perfil trágico, muestra un rostro inesperado, tiene los mismos ojos del Padre celestial. Por esto Jesús, en aquella hora extrema, reza con ternura: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu». A esa invocación nos unimos también nosotros a través de la voz poética y orante de una escritora: «Padre, que tus dedos también cierren mis párpados. / Tú, que eres mi Padre, vuélvete a mi también como tierna Madre, / a la cabecera de su niño que duerme. / Padre, vuélvete a mí y acógeme en tus brazos».

 

Todos: Padre Nuestro.

 

 

 

 

 

 

 


Decimocuarta estación

Jesús es colocado en el sepulcro

 

V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Del Evangelio según san Lucas 23, 50-54

Había un hombre llamado José, miembro del Sanedrín, hombre bueno y justo, que no había asentido al consejo y proceder de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús y, después de descolgarlo, lo envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, en el que nadie  había sido puesto todavía. Era el día de la Preparación, y ya brillaban las luces del sábado.

 

Meditación

Envuelto en la sábana funeraria, el «santo sudario», el cuerpo crucificado y martirizado de Jesús se desliza lentamente de las manos compasivas y amorosas de José de Arimatea hasta el sepulcro excavado en la roca. En las horas de silencio que seguirán, Cristo será verdaderamente como todos los hombres que entran en el seno oscuro de la muerte, de la rigidez cadavérica, del fin. Y, sin embargo, en aquel crepúsculo del Viernes Santo, ya se produce un estremecimiento. El evangelista san Lucas nota que «ya brillaban las luces del sábado» en las ventanas de las casas de Jerusalén.

 

La vigilia de los judíos en sus habitaciones se convierte casi en el símbolo de la espera de aquellas mujeres y de aquel discípulo secreto de Jesús, José de Arimatea, y de los demás discípulos. Una espera que ahora invade con una tonalidad nueva el corazón de todos los creyentes cuando se encuentran ante un sepulcro o incluso cuando sienten que en su interior se posa la mano fría de la enfermedad o de la muerte. Es la espera de un alba diversa, el alba que dentro de pocas horas, pasado el sábado, despuntará ante nuestros ojos de discípulos de Cristo.

* * *

En aquella aurora, a lo largo del camino que lleva a las tumbas, saldrá a nuestro encuentro el ángel y nos dirá: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado». Y al volver a nuestras casas, será el Resucitado quien se situará a nuestro lado, caminando con nosotros, cruzando nuestros umbrales para ser huésped a nuestra mesa y partir con nosotros el pan. Entonces oraremos también nosotros con las palabras de fe de un pasaje de la admirable Pasión según san Mateo que convirtió en música y en canto uno de los más grandes músicos de la humanidad:

 

«A pesar de que mi corazón se deshace en lágrimas cuando Jesús se aleja de mí, su testamento me llena de gozo: Su Carne y su Sangre, ¡oh preciado tesoro!, llegan a mis manos... Quiero entregarte mi corazón, sumérgete en él, Salvador mío. Quiero abandonarme en tus brazos. Si el mundo es pequeño para ti, sé tú sólo para mí más que el cielo y el mundo».

 

Todos: Padre Nuestro.

VIA CRUCIS

VIA CRUCIS

Desde hace veinte siglos, la Iglesia se reúne para recordar y revivir los acontecimientos de la última etapa del camino terreno del Hijo de Dios.


Estamos aquí, conscientes de que el via crucis del Hijo de Dios no fue simplemente el camino hacia el lugar del suplicio. Creemos que cada paso del Condenado, cada gesto o palabra suya, así como lo que han visto y hecho todos aquellos que han tomado parte este drama, nos hablan continuamente. En su pasión y en su muerte, Cristo nos revela también la verdad sobre Dios y sobre el hombre.

Queremos reflexionar en el Via Crucis  con particular intensidad sobre el contenido de aquellos acontecimientos, para que nos hablen con renovado vigor a la mente y al corazón, y sean así origen de la gracia de una auténtica participación.


Participar significa tener parte.


¿Qué quiere decir tener parte en la cruz de Cristo?
Quiere decir experimentar en el Espíritu Santo el amor que esconde tras de sí la cruz de Cristo.
Quiere decir reconocer, a la luz de este amor, la propia cruz.
Quiere decir cargarla sobre la propia espalda y, movidos cada vez más por este amor, caminar...
Caminar a través de la vida, imitando a Aquel que "soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios" (Hb 12, 2).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRIMERA ESTACIÓN
Jesús es condenado a muerte
 

V /. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

 

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 22-23.26

Pilato les preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: «¡que lo crucifiquen!» Pilato insistió :«pues ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte: «¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

 


MEDITACIÓN

El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado, deshonrado e indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al final prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho. También los hombres que gritan y piden la muerte de Jesús no son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de Pentecostés, sentirán «el corazón compungido» (Hch 2, 37), cuando Pedro les dirá: «Jesús Nazareno, que Dios acreditó ante vosotros [...], lo matasteis en una cruz...» (Hch 2, 22 ss). Pero en aquel momento están sometidos a la influencia de la muchedumbre. Gritan porque gritan los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es pisoteada por la bellaquería, por la pusilaminidad, por miedo a la prepotencia de la mentalidad dominante. La sutil voz de la conciencia es sofocada por el grito de la muchedumbre. La indecisión, el respeto humano dan fuerza al mal.


ORACIÓN

Señor, has sido condenado a muerte porque el miedo al «qué dirán» ha sofocado la voz de la conciencia. Sucede siempre así a lo largo de la historia; los inocentes son maltratados, condenados y asesinados. Cuántas veces hemos preferido también nosotros el éxito a la verdad, nuestra reputación a la justicia. Da fuerza en nuestra vida a la sutil voz de la conciencia, a tu voz. Mírame como lo hiciste con Pedro después de la negación. Que tu mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida. El día de Pentecostés has conmovido en corazón e infundido el don de la conversión a los que el Viernes Santo gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza a todos. Danos también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión.

Todos: Padre Nuestro

 

 

SEGUNDA ESTACIÓN
Jesús con la cruz a cuestas
   

V /. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 27-31

Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!». Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

MEDITACIÓN

Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en la burla emerge cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos de poder ostentados por los potentes de este mundo son un insulto a la verdad, a la justicia y a la dignidad del hombre! Cuántas veces sus ceremonias y sus palabras grandilocuentes, en realidad, no son más que mentiras pomposas, una caricatura de la tarea a la que se deben por su oficio, el de ponerse al servicio del bien. Jesús, precisamente por ser escarnecido y llevar la corona del sufrimiento, es el verdadero rey. Su cetro es la justicia (Sal 44, 7). El precio de la justicia es el sufrimiento en este mundo: él, el verdadero rey, no reina por medio de la violencia, sino a través del amor que sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre sí la cruz, nuestra cruz, el peso de ser hombres, el peso del mundo. Así es como nos precede y nos muestra cómo encontrar el camino para la vida eterna.

ORACIÓN

Señor, te has dejado escarnecer y ultrajar. Ayúdanos a no unirnos a los que se burlan de quienes sufren o son débiles. Ayúdanos a reconocer tu rostro en los humillados y marginados. Ayúdanos a no desanimarnos ante las burlas del mundo cuando se ridiculiza la obediencia a tu voluntad. Tú has llevado la cruz y nos has invitado a seguirte por ese camino (Mt 10, 38). Danos fuerza para aceptar la cruz, sin rechazarla; para no lamentarnos ni dejar que nuestros corazones se abatan ante las dificultades de la vida. Anímanos a recorrer el camino del amor y, aceptando sus exigencias, alcanzar la verdadera alegría.

Todos: Padre Nuestro

 

 

 

TERCERA ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez

V /. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
   

 

Lectura del libro del profeta Isaías 53, 4-6

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.


MEDITACIÓN

El hombre ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en una caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza al Creador. ¿No es acaso la imagen por excelencia del hombre la de aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los salteadores que lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino? Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un hombre extenuado por la flagelación. El episodio resalta algo más profundo, como dice Pablo en la carta a los Filipenses: «Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). En su caída bajo el peso de la cruz aparece todo el itinerario de Jesús: su humillación voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la naturaleza de nuestro orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser sólo nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida. En esta rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses, nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por autodestruirnos. La humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.


ORACIÓN

Señor Jesús, el peso de la cruz te ha hecho caer. El peso de nuestro pecado, el peso de nuestra soberbia, te derriba. Pero tu caída no es signo de un destino adverso, no es la pura y simple debilidad de quien es despreciado. Has querido venir a socorrernos porque a causa de nuestra soberbia yacemos en tierra. La soberbia de pensar que podemos forjarnos a nosotros mismos lleva a transformar al hombre en una especie de mercancía, que puede ser comprada y vendida, una reserva de material para nuestros experimentos, con los cuales esperamos superar por nosotros mismos la muerte, mientras que, en realidad, no hacemos más que mancillar cada vez más profundamente la dignidad humana. Señor, ayúdanos porque hemos caído. Ayúdanos a renunciar a nuestra soberbia destructiva y, aprendiendo de tu humildad, a levantarnos de nuevo.

Todos: Padre Nuestro

CUARTA ESTACIÓN
Jesús se encuentra con su Madre
   

V /. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
   

Lectura del Evangelio según San Lucas 2, 34-35.51

Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». Su madre conservaba todo esto en su corazón.
 

MEDITACIÓN

En el Vía crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida pública debía retirarse para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de sus discípulos. También hubo de oír estas palabras: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?... El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mt 12, 48-50). Y esto muestra que ella es la Madre de Jesús no solamente en el cuerpo, sino también en el corazón. Porque incluso antes de haberlo concebido en el vientre, con su obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había dicho: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo... Será grande..., el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc 1, 31 ss). Pero poco más tarde el viejo Simeón le diría también: «y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 35). Esto le haría recordar palabras de los profetas como éstas: «Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría boca; como un cordero llevado al matadero» (Is 53, 7). Ahora se hace realidad. En su corazón habrá guardado siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas, María» (Lc 1, 30). Los discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor de la madre, con la fidelidad de la madre, con la bondad de la madre, y con su fe, que resiste en la oscuridad: «Bendita tú que has creído» (Lc 1, 45). «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es su gran consuelo en aquellos momentos.

ORACIÓN

Santa María, Madre del Señor, has permanecido fiel cuando los discípulos huyeron. Al igual que creíste cuando el ángel te anunció lo que parecía increíble –que serías la madre del Altísimo– también has creído en el momento de su mayor humillación. Por eso, en la hora de la cruz, en la hora de la noche más oscura del mundo, te han convertido en la Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia. Te rogamos que nos enseñes a creer y nos ayudes para que la fe nos impulse a servir y dar muestras de un amor que socorre y sabe compartir el sufrimiento.

Todos: Padre Nuestro

QUINTA ESTACIÓN
El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz
  

V /. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
   

Lectura Evangelio según San Mateo 27, 32; 16, 24

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz.

Jesús había dicho a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».


MEDITACIÓN

Simón de Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra casualmente con aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para él. Los soldados usan su derecho de coacción y cargan al robusto campesino con la cruz. ¡Qué enojo debe haber sentido al verse improvisamente implicado en el destino de aquellos condenados! Hace lo que debe hacer, ciertamente con mucha repugnancia. El evangelista Marcos menciona también a sus hijos, seguramente conocidos como cristianos, como miembros de aquella comunidad (Mc 15, 21). Del encuentro involuntario ha brotado la fe. Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una gracia poder caminar junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le llegado al corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su cruz para completar lo que aún falta a sus padecimientos (Col 1, 24). Cada vez que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido o está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la salvación del mundo.


ORACIÓN

Señor, a Simón de Cirene le has abierto los ojos y el corazón, dándole, al compartir la cruz, la gracia de la fe. Ayúdanos a socorrer a nuestro prójimo que sufre, aunque esto contraste con nuestros proyectos y nuestras simpatías. Danos la gracia de reconocer como un don el poder compartir la cruz de los otros y experimentar que así caminamos contigo. Danos la gracia de reconocer con gozo que, precisamente compartiendo tu sufrimiento y los sufrimientos de este mundo, nos hacemos servidores de la salvación, y que así podemos ayudar a construir tu cuerpo, la Iglesia.

Todos: Padre Nuestro

SEXTA ESTACIÓN
La Verónica enjuga el rostro de Jesús
   

V /. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
   

Lectura del libro del profeta Isaías 53, 2-3

No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado.

Del libro de los Salmos 26, 8-9

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.


MEDITACIÓN

«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro » (Sal 26, 8-9). Verónica –Berenice, según la tradición griega– encarna este anhelo que acomuna a todos los hombres píos del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de ver el rostro de Dios. Ella, en principio, en el Vía crucis de Jesús no hace más que prestar un servicio de bondad femenina: ofrece un paño a Jesús. No se deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón –había dicho el Señor en el Sermón de la montaña–, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo. Únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo.


ORACIÓN

Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la oscuridad del corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la sencillez y la pureza que nos permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces de cumplir grandes cosas, danos la fuerza de una bondad humilde. Graba tu rostro en nuestros corazones, para que así podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen.

Todos: Padre Nuestro

SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez

V /. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
   

Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 1-2.9.16

Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor. El me ha llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz. Ha cercado mis caminos con piedras sillares, ha torcido mis senderos. Ha quebrado mis dientes con guijarro, me ha revolcado en la ceniza.


MEDITACIÓN

La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar en la caída de Adán –en nuestra condición de seres caídos– y en el misterio de la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia for-mas siempre nuevas. En su primera carta, san Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se deja llevar simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del hombre. El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.
 

ORACIÓN

Señor Jesucristo, has llevado nuestro peso y continúas llevándolo. Es nuestra carga la que te hace caer. Pero levántanos tú, porque solos no podemos reincorporarnos. Líbranos del poder de la concupiscencia. En lugar de un corazón de piedra danos de nuevo un corazón de carne, un corazón capaz de ver. Destruye el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras. No permitas que el muro del materialismo llegue a ser insuperable. Haz que te reconozcamos de nuevo. Haznos sobrios y vigilantes para poder resistir a las fuerzas del mal y ayúdanos a reconocer las necesidades interiores y exteriores de los demás, a socorrerlos. Levántanos para poder levantar a los demás. Danos esperanza en medio de toda esta oscuridad, para que seamos portadores de esperanza para el mundo.

Todos: Padre Nuestro

OCTAVA ESTACIÓN
Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén
    

V /. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
   

Lectura del Evangelio según San Lucas 23, 28-31

Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas: «Sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?

MEDITACIÓN

Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran por él, nos hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia ante una piedad puramente sentimental, que no llega a ser conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal? En la imagen de Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos quizás únicamente el aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo podrá Dios –pensamos– hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ser expiado del todo para poder superarlo. No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la imagen del Señor que sufre. También él nos dice: «No lloréis por mí; llorad más bien por vosotros... porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»


ORACIÓN

Señor, a las mujeres que lloran les has hablado de penitencia, del día del Juicio cuando nos encontremos en tu presencia, en presencia del Juez del mundo. Nos llamas a superar un concepción del mal como algo banal, con la cual nos tranquilizamos para poder continuar nuestra vida de siempre. Nos muestras la gravedad de nuestra responsabilidad, el peligro de encontrarnos culpables y estériles en el Juicio. Haz que caminemos junto a ti sin limitarnos a ofrecerte sólo palabras de compasión. Conviértenos y danos una vida nueva; no permitas que, al final, nos quedemos como el leño seco, sino que lleguemos a ser sarmientos vivos en ti, la vid verdadera, y que produzcamos frutos para la vida eterna (cf. Jn 15, 1-10).

Todos: Padre Nuestro

NOVENA ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez
      

V /. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
   

Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 27-32

Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que se sienta solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su boca en el polvo: quizá haya esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios. Porque el Señor no desecha para siempre a los humanos: si llega a afligir, se apiada luego según su inmenso amor.

MEDITACIÓN

¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).


ORACIÓN

Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos.

Todos: Padre Nuestro

DÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es despojado de sus vestiduras
  

V /. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
   

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 33 -36

Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.

MEDITACIÓN

Jesús es despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos. El momento de despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y ahora se encuentra en mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza. Jesús asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo relatan con palabras tomadas del Salmo 21, 19 y nos indican así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús: todo se cumplió «según las Escrituras». Nada es pura coincidencia, todo lo que sucede está dicho en la Palabra de Dios, confirmado por su designio divino. El Señor experimenta todas las fases y grados de la perdición de los hombres, y cada uno de ellos, no obstante su amargura, son un paso de la redención: así devuelve él a casa la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa el objeto del sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza de arriba abajo» (Jn 19, 23). Podemos considerarlo una referencia a la vestidura del sumo sacerdote, que era «de una sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III, 161). Éste, el Crucificado, es de hecho el verdadero sumo sacerdote.


ORACIÓN

Señor Jesús, has sido despojado de tus vestiduras, expuesto a la deshonra, expulsado de la sociedad. Te has cargado de la deshonra de Adán, sanándolo. Te has cargado con los sufrimientos y necesidades de los pobres, aquellos que están excluidos del mundo. Pero es exactamente así como cumples la palabra de los profetas. Es así como das significado a lo que aparece privado de significado. Es así como nos haces reconocer que tu Padre te tiene en sus manos, a ti, a nosotros y al mundo. Concédenos un profundo respeto hacia el hombre en todas las fases de su existencia y en todas las situaciones en las cuales lo encontramos. Danos el traje de la luz de tu gracia.

Todos: Padre Nuestro

UNDÉCIMA ESTACIÓN
Jesús clavado en la cruz
    

V /. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
   

Lectura del Evangelio según San Mateo 7, 37-42

Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el Rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos».

MEDITACIÓN

Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos una idea de la increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que le ofrecieron: asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su cuerpo está martirizado; se han cumplido las palabras del Salmo: «Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 27). «Como uno ante quien se oculta el rostro, era despreciado... Y con todo eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba» (Is 53, 3 ss). Detengámonos ante esta imagen de dolor, ante el Hijo de Dios sufriente. Mirémosle en los momentos de satisfacción y gozo, para aprender a respetar sus límites y a ver la superficialidad de todos los bienes puramente materiales. Mirémosle en los momentos de adversidad y angustia, para reconocer que precisamente así estamos cerca de Dios. Tratemos de descubrir su rostro en aquellos que tendemos a despreciar. Ante el Señor condenado, que no quiere usar su poder para descender de la cruz, sino que más bien soportó el sufrimiento de la cruz hasta el final, podemos hacer aún otra reflexión. Ignacio de Antioquia, encadenado por su fe en el Señor, elogió a los cristianos de Esmirna por su fe inamovible: dice que estaban, por así decir, clavados con la carne y la sangre a la cruz del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a él, no cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas que nos inducen a darle la espalda.


ORACIÓN

Señor Jesucristo, te has dejado clavar en la cruz, aceptando la terrible crueldad de este dolor, la destrucción de tu cuerpo y de tu dignidad. Te has dejado clavar, has sufrido sin evasivas ni compromisos. Ayúdanos a no desertar ante lo que debemos hacer. A unirnos estrechamente a ti. A desenmascarar la falsa libertad que nos quiere alejar de ti. Ayúdanos a aceptar tu libertad «comprometida» y a encontrar en la estrecha unión contigo la verdadera libertad.

Todos: Padre Nuestro

DUODÉCIMA ESTACIÓN
Jesús muere en la cruz
   

V /. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
   

Lectura del Evangelio según San Juan 19, 19-20

Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego.

MEDITACIÓN

Sobre la cruz –en las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el latín, y en la lengua del pueblo elegido, el hebreo– está escrito quien es Jesús: el Rey de los judíos, el Hijo prometido de David. Pilato, el juez injusto, ha sido profeta a su pesar. Ante la opinión pública mundial se proclama la realeza de Jesús. Él mismo había declinado el título de Mesías porque habría dado a entender una idea errónea, humana, de poder y salvación. Pero ahora el título puede aparecer escrito públicamente encima del Crucificado. Efectivamente, él es verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente «ensalzado». En su descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento del amor, ha cumplido el ofrecimiento de sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero Dios, al Dios que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera realeza. Jesús recita el Salmo 21, que comienza con estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 2). Asume en sí a todo el Israel sufriente, a toda la humanidad que padece, el drama de la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a Dios justamente donde parece estar definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es un acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece la muerte. La tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los paganos. El centurión romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la cruz, él triunfa siempre de nuevo.
 

ORACIÓN

Señor Jesucristo, en la hora de tu muerte se oscureció el sol. Constantemente estás siendo clavado en la cruz. En este momento histórico vivimos en la oscuridad de Dios. Por el gran sufrimiento, y por la maldad de los hombres, el rostro de Dios, tu rostro, aparece difuminado, irreconocible. Pero en la cruz te has hecho reconocer. Porque eres el que sufre y el que ama, eres el que ha sido ensalzado. Precisamente desde allí has triunfado. En esta hora de oscuridad y turbación, ayúdanos a reconocer tu rostro. A creer en ti y a seguirte en el momento de la necesidad y de las tinieblas. Muéstrate de nuevo al mundo en esta hora. Haz que se manifieste tu salvación.

Todos: Padre Nuestro

DECIMOTERCERA ESTACIÓN
Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre
   

V /. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
   

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 54-55

El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle.

MEDITACIÓN

Jesús está muerto, de su corazón traspasado por la lanza del soldado romano mana sangre y agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de la Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del corazón traspasado del Señor, renace siempre la Iglesia. A él no le quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así se manifiesta como el verdadero cordero pascual, al cual no se le debe quebrantar ningún hueso (cf Ex 12, 46). Y ahora que ha soportado todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del corazón, a pesar del poder del odio y de la ruindad, él no está solo. Están los fieles. Al pie de la cruz estaba María, su Madre, la hermana de su Madre, María, María Magdalena y el discípulo que él amaba. Llega también un hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por el ojo de la aguja, porque Dios le da la gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin estrenar, en un jardín: donde Jesús es enterrado, el cementerio se transforma en un vergel, el jardín del que había sido expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su Creador. El sepulcro en el jardín manifiesta que el dominio de la muerte está a punto de terminar. Y llega también un miembro del Sanedrín, Nicodemo, al que Jesús había anunciado el misterio del renacer por el agua y el Espíritu. También en el sanedrín, que había decidido su muerte, hay alguien que cree, que conoce y reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del gran luto, de la gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la luz de la esperanza. El Dios escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano. También en la noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su nueva familia, comienza a formarse.

ORACIÓN

Señor, has bajado hasta la oscuridad de la muerte. Pero tu cuerpo es recibido por manos piadosas y envuelto en una sábana limpia (Mt 27, 59). La fe no ha muerto del todo, el sol no se ha puesto totalmente. Cuántas veces parece que estés durmiendo. Qué fácil es que nosotros, los hombres, nos alejemos y nos digamos a nosotros mismos: Dios ha muerto. Haz que en la hora de la oscuridad reconozcamos que tú estás presente. No nos dejes solos cuando nos aceche el desánimo. Y ayúdanos a no dejarte solo. Danos una fidelidad que resista en el extravío y un amor que te acoja en el momento de tu necesidad más extrema, como tu Madre, que te arropa de nuevo en su seno. Ayúdanos, ayuda a los pobres y a los ricos, a los sencillos y a los sabios, para poder ver por encima de los miedos y prejuicios, y te ofrezcamos nuestros talentos, nuestro corazón, nuestro tiempo, preparando así el jardín en el cual puede tener lugar la resurrección.

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DECIMOCUARTA ESTACIÓN
Jesús es puesto en el sepulcro

V /. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
   

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 59-61

José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

MEDITACIÓN

Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los honores. Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de la montaña (Mt 5, 20). Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía.
 

ORACIÓN

Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro has hecho tuya la muerte del grano de trigo, te has hecho el grano de trigo que muere y produce fruto con el paso del tiempo hasta la eternidad. Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa del grano de trigo del que procede el verdadero maná, el pan de vida en el cual te ofreces a ti mismo. La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte, se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos y entras en nuestros corazones para que tu Palabra crezca en nosotros y produzca fruto. Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo, para que también nosotros tengamos el valor de perder nuestra vida para encontrarla; a fin de que también nosotros confiemos en la promesa del grano de trigo. Ayúdanos a amar cada vez más tu misterio eucarístico y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo. Auxílianos para que seamos tu perfume y hagamos visible la huella de tu vida en este mundo. Como el grano de trigo crece de la tierra como retoño y espiga, tampoco tú podías permanecer en el sepulcro: el sepulcro está vacío porque él –el Padre– no te «entregó a la muerte, ni tu carne conoció la corrupción» (Hch 2, 31; Sal 15, 10). No, tú no has conocido la corrupción. Has resucitado y has abierto el corazón de Dios a la carne transformada. Haz que podamos ale-grarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente al mundo, para ser de este modo testigos de tu resurrección.

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